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Ten cuidado con lo que deseas - Rey Midas



Todo el mundo sabe que Midas convirtiĂł en oro todo lo que tocaba.

Muy pocos recuerdan lo primero que tocĂł cuando le concedieron el deseo.

Una rosa.

La tomó entre los dedos, sintió el frío del metal reemplazar los pétalos, y sonrió.

TodavĂ­a no habĂ­a entendido lo que acababa de perder.


El hombre que ya lo tenĂ­a todo

Midas era rey de Frigia.

No era pobre. No era un mendigo desesperado que pedĂ­a riqueza porque no tenĂ­a otra opciĂłn.

Tenía un reino. Tenía un palacio. Tenía jardines llenos de rosas que él mismo cultivaba, porque era la única cosa en el mundo que amaba con una ternura que ningún tesoro podía reemplazar.

Y tenĂ­a una hija.


Su nombre no aparece en las versiones más conocidas del mito. Ovidio la llama simplemente filia - la hija. Como si el poeta supiera que lo que iba a ocurrirle era demasiado para ponerle un nombre.

Eso deberĂ­a habernos avisado desde el principio.

Cuando los mitos no nombran a alguien que va a sufrir, es porque lo que viene duele demasiado para que tenga nombre.


La peticiĂłn que nadie deberĂ­a hacer

Dioniso le debĂ­a un favor.

Sus seguidores habían encontrado a Sileno - el sátiro anciano que acompañaba al dios - dormido en los jardines de Midas, confundido, perdido. El rey lo reconoció, lo acogió durante diez días con banquetes y hospitalidad, y luego lo devolvió sano y salvo.

Dioniso, agradecido, le ofreciĂł lo que quisiera.

Cualquier cosa.

Sin lĂ­mite.

Y Midas no dudĂł.


"Que todo lo que toque se convierta en oro."


SegĂşn narra Ovidio en sus Metamorfosis, Dioniso concediĂł el deseo.

Pero antes de hacerlo, hubo un momento.

Un instante brevĂ­simo en que el dios mirĂł al rey.


Ovidio no describe exactamente esa mirada.

Pero la palabra que usa para describir la respuesta de Dioniso es doluit - le doliĂł.

Al dios le doliĂł conceder ese deseo.

Y aun asĂ­ lo concediĂł.


Porque ese es el tipo de lecciĂłn que solo funciona si la aprendes tĂş solo.

Los primeros minutos de gloria

Al principio fue exactamente lo que Midas habĂ­a imaginado.

TocĂł una rama de roble. Oro.

TocĂł una piedra del suelo. Oro.

TocĂł la tierra con los pies. Una franja dorada quedĂł marcada en su camino.

Las columnas de su palacio. Oro.

Las puertas. Oro.

El agua de la fuente donde se lavĂł las manos.

Oro sĂłlido.

FrĂ­a. InmĂłvil. Imposible de beber.

Fue en ese momento cuando empezĂł a entender.

Pero todavĂ­a no habĂ­a llegado lo peor.


OrdenĂł que le prepararan un banquete para celebrar.

Se sentĂł a la mesa.

TomĂł el pan entre sus manos.

Se endureciĂł antes de llegar a sus labios.

AlcanzĂł la copa de vino.

Metal frĂ­o en la boca.

No lĂ­quido.

No sabor.

Solo el peso del oro contra los dientes.

Midas, el hombre más rico del mundo en ese momento, no podía comer.

No podĂ­a beber.

No podía tocar nada sin convertirlo en lo único que no se puede disfrutar si no puedes tocar nada más.


El momento que lo cambia todo

Entonces entrĂł su hija.

Lo vio sentado ante una mesa de oro, con las manos en el regazo, sin atreverse a tocar nada.

No entendiĂł lo que ocurrĂ­a.

Solo vio a su padre con cara de miedo.

Y corrió hacia él.

Como hacen los hijos cuando ven que algo va mal.

Sin pensarlo.

Sin que nadie se lo pidiera.

Porque ese es el instinto que ninguna advertencia puede detener.

Se abrazó a él.


Y en el momento en que los brazos de Midas la rodearon - Oro.

Ovidio lo describe con dos palabras en latĂ­n.

Congelata est.

Se congelĂł.


No muriĂł. No desapareciĂł.

Se convirtiĂł en una estatua perfecta de oro con la forma exacta de su hija en el momento en que corrĂ­a hacia su padre para consolarlo.

La expresiĂłn de su cara conservada para siempre en metal.

Sus brazos extendidos hacia él.

Sus ojos que todavĂ­a lo miraban.

InmĂłviles.

Eternamente.


Lo que Midas hizo después

Se arrodillĂł.

El rey más rico del mundo se arrodilló en el suelo de su palacio ante una estatua de oro con la cara de su hija.

Y suplicĂł.

No a un sacerdote. No a un oráculo. Directamente a Dioniso.

"PerdĂłname. Te imploro que retires este regalo que me destruye."

Ovidio registra ese momento sin adorno.

Sin retĂłrica.


Solo el ruego de un hombre que finalmente habĂ­a entendido lo que habĂ­a pedido.

Dioniso escuchĂł.

Le ordenó que fuera al río Pactolo, en Lidia, y se bañara en sus aguas.

El poder pasarĂ­a al rĂ­o.


Y asĂ­ ocurriĂł.

Las arenas del Pactolo, segĂşn los relatos antiguos, brillaron doradas desde ese dĂ­a.

Los geĂłlogos modernos han confirmado que el rĂ­o Pactolo — un rĂ­o real en la actual TurquĂ­a — efectivamente tenĂ­a depĂłsitos de electrum, una aleaciĂłn natural de oro y plata, que hizo famosa y enormemente rica a la regiĂłn de Lidia en la AntigĂĽedad.


La historia de Midas y el rĂ­o de oro no fue solo un mito.

Fue la explicaciĂłn que los griegos dieron a un fenĂłmeno geolĂłgico real.

Lo que nadie cuenta sobre el final

Midas sobreviviĂł.

RecuperĂł el tacto.

Pudo volver a tocar las cosas sin convertirlas en metal.

Pudo comer. Pudo beber. Pudo abrazar a su hija de nuevo - el texto no dice explícitamente si ella volvió también a la vida, pero la tradición así lo recoge.


Pero Ovidio sí cuenta lo que Midas hizo después.

Después de recuperar todo lo que había perdido.

Después de haber aprendido la lección más cara que ningún rey había pagado.

Midas abandonĂł el palacio.

Se fue al campo.

ViviĂł el resto de su vida lejos de la riqueza.

Adorando a Pan, el dios de los pastores y la naturaleza sencilla.


El hombre que había pedido convertir todo en oro eligió pasar sus últimos años entre campesinos y animales y el sonido del viento entre los árboles.

Sin tocar nada que no quisiera tocar.

Sin acumular nada que no necesitara.

Habiéndolo tenido todo.

Y sabiendo exactamente cuánto había costado.

Por qué este mito sigue ocurriendo.


Midas no es un personaje antiguo.


Es un patrĂłn.


Es el ejecutivo que trabaja noventa horas semanales para darle a su familia lo que necesita, y llega un dĂ­a en que su familia ya no lo reconoce cuando entra por la puerta.


Es la persona que persigue durante años una meta - el ascenso, el número en la cuenta bancaria, el reconocimiento - y cuando por fin lo alcanza, descubre que en el camino convirtió en oro todo lo que en realidad importaba.


Las conversaciones. Las comidas sin teléfono sobre la mesa. Los abrazos que no fueron dados porque había algo más urgente que hacer.


Todo frĂ­o.

Todo inmĂłvil.

Todo con la forma exacta de algo que fue vivo y ya no lo es.


El deseo de Midas no era malvado.

Era humano.

Quería seguridad. Quería abundancia. Quería que nada ni nadie que dependiera de él volviera a necesitar algo que él no pudiera dar.

Y eso - ese deseo que en su origen era amor - se convirtiĂł en la herramienta exacta de su propia destrucciĂłn.


Porque los deseos que nacen del miedo a perder suelen terminar destruyendo lo que intentaban proteger.


La pregunta que el mito no responde

Hay algo que Ovidio no dice.

No dice si Midas, en el momento en que sus brazos rodearon a su hija y sintiĂł el cambio, intentĂł soltarla.

Si hubo un instante en que lo entendiĂł y quiso retirar las manos.

O si el abrazo fue completo antes de que pudiera reaccionar.

No lo sabemos.

Y quizás eso es lo más honesto de todo el relato.

Porque la mayoría de las veces que convertimos en oro algo que amábamos, tampoco hubo un momento claro en que pudiéramos haberlo evitado.


Fue gradual.

Fue la acumulación de decisiones pequeñas que cada una parecía razonable.

Fue que nunca hubo un instante definitivo en que supiéramos que ese era el abrazo que lo cambiaba todo.

Solo el resultado.

Y las manos vacías después...


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